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Por el camino de la lengua castellana


Hace más de mil años, unos cuantos monjes que oraban y trabajaban en el monasterio de San Millán de la Cogolla decidieron solucionar sobre la marcha los problemas de comprensión lingüística que encontraban en los textos latinos.
     El latín culto y ortodoxo en el que estaban escritos originalmente aquellos textos llegaba solamente a unos cuantos privilegiados con acceso a una cultura elitista. Ello provocó que, bien entre líneas o bien en los márgenes de cada página, estos monjes escribieran abundantes anotaciones al texto base, en las que reflejaron lo que podría calificarse de ‘lengua facilitada’.



     El objetivo de estas anotaciones, denominadas ‘glosas’, entra en el ámbito de la especulación aunque no parece descabellado pensar que un monje que pretendiera predicar para el pueblo intentara hallar términos que realmente utiliza el pueblo para llegar con más facilidad a los espíritus y a los corazones.
     Dicho de otro modo, si el sesudo texto original hablaba de ‘calzarse unos coturnos glaucos’, siempre resultaría más eficaz explicarle al profano que puede ‘ponerse calzado de color verde claro y con suela de corcho muy gruesa’. Al final, lo que se entiende, se entiende de verdad y, en este caso, desde el corazón de lo que hoy es La Rioja. Como dijo en la ‘Vida de Santo Domingo de Silos’ el insigne Gonzalo de Berceo: ‘Quiero fer una prosa en román paladino, en cual suele el pueblo fablar con so vecino’.

     Desde el Centro Internacional de Investigación de Lengua Española, en San Millán de la Cogolla, el estudioso Javier García Turza -gran conocedor del tema junto con su hermano, Claudio- lleva años lidiando con las consecuencias de varios titulares tentadores, algunos de ellos, con plumas muy prestigiosas, en los que aparece el monasterio como ‘cuna del castellano’, en cualquiera de sus manifestaciones metafóricas, incluidas las difundidas por hombres de letras tan relevantes como Dámaso Alonso. “Aquí, en San Millán, ni nace la lengua ni nace el castellano en absoluto. La lengua está viva y ya se llevaba hablando varios siglos como lengua madre, aunque no sepamos exactamente de qué forma”, dice con vehemencia. “Lo que aquí ocurre es que se escribe por primera vez una lengua que ya no es latín y que, a partir de ese momento, empezamos a denominar romance”, añade.


     El problema y, al mismo tiempo, feliz acontecimiento, es que fue en San Millán de la Cogolla donde, tras siglos de dormitar en el silencio y la luz tenue de la biblioteca, fueron halladas y examinadas al detalle las glosas de un montón de códices.
Latín estrepitoso
 

Entre esos libros destacan el Aemilianensis 60 -que se encuentra actualmente en la biblioteca de la Real Academia de la Historia-, donde aparecen las glosas más famosas, “tanto en romance como en vascuence”, y tres “glosarios maravillosos, que son diccionarios tal y como los entendemos hoy”, según Javier García. “No sabemos de qué época son los originales pero sí cuándo fueron escritos”, en alusión al códice 24, que data del siglo IX, y al códice 46, del año 964, coincidente con el 31 que, aunque no está datado, tiene las mismas características gráficas. “Están escritos en latín pero en ellos encontramos muchísimas palabras romances y, sobre todo, frases que fueron pensadas en romance y latinizadas en un latín estrepitoso, como el que podría escribir mi sobrino, todo en nominativos o en dativos”, explica. “Esa persona, por ejemplo, definía 'sandalia' como 'calciamenta qui no avet corium de super', es decir, 'calzado que no tiene cuero en la parte de arriba. Eso no es latín, lo mires como lo mires”, añade.

     A la postre, unas notas escritas a mano por unos monjes en el recogimiento de un monasterio, marcarán un antes y un después en la historia, ya que el lenguaje es el mejor vehículo de cultura, y más cuando se hace inteligible para la mayoría de los mortales. “San Millán de la Cogolla se destaca entre todos los lugares donde hay vestigios de esta lengua que ya no es latín porque tenemos los textos más antiguos, en cantidad muy abundante y de la máxima calidad. No sólo encontramos palabras en romance sino que, incluso, nos ayudan a ordenar sintácticamente el latín”, expone García Turza, quien no desaprovecha la ocasión para insistir en que los titulares “fáciles” perjudican más que ayudan a la difusión de la realidad que los expertos estudian.

     Entretanto, como no hay realidades absolutas, los expertos dirigen también su mirada desde hace unos años a la localidad burgalesa de Valpuesta, en la comarca de las Merindades, donde, a tenor del estudio realizado por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, dedicado a difundir y promover el uso y el conocimiento de ese idioma, parece que los conocidos como ‘Cartularios de Valpuesta’ recogen las palabras más antiguas escritas en el germen del español. Según el experto Gonzalo Santonja, tienen una antigüedad de más de un siglo respecto a los códices de San Millán de la Cogolla, es decir, se remontan al siglo IX.
     En lo que sí parecen coincidir los estudiosos es en que el lenguaje casi puede concebirse como la propia energía, ya que no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma, lo que no quita que cualquier filólogo se salga de sus casillas cuando ve ante sí los primeros esbozos escritos de una lengua romance peninsular, así como algo parecido al punto de partida de los escritos en vasco.     Eso sí, siempre con las reservas de no hablar en absoluto, ya que no hay una fecha de ‘creación’ del castellano, como parece deducirse de algunos textos redactados entre la audacia y la temeridad.

Español o castellano

En los tiempos que corren, no tanto de crisis económica como de hilar especialmente fino a la hora de tratar asuntos políticos y sentimientos territoriales y sociales, surge la duda de si es correcto hablar de ‘castellano’ o de ‘español’ y, como no podía ser de otra forma, los expertos tampoco muestran una voz unánime. “Me parece una cuestión baladí. Si hablamos de ‘castellano’, hacemos justicia a una región, Castilla, que hablaba una lengua que, de forma natural, se fue imponiendo a otros dialectos derivados del latín de su entorno, tales como el leonés o el riojano”, explica el experto Miguel Vivancos, de Santo Domingo de Silos. “Por efecto de la Reconquista, fue la lengua que se impuso en toda Castilla la Nueva y Andalucía. Se impuso también en Aragón, relegando sus formas dialectales y puede llamarse ‘español’ desde el momento en que es la lengua mayoritaria del conjunto de reinos que conforman España a partir del siglo XV”, agrega.



     Respecto al papel de Silos en el proceso evolutivo de la lengua escrita, su importancia radica no sólo en las denominadas Glosas Silenses, sino en “todo el conjunto de glosas, algunas de ellas romances, que aparecen en sus manuscritos visigóticos”, según Vivancos. “También es importante por conservar el manuscrito más antiguo de Gonzalo de Berceo, con la ‘Vida de Sancto Domingo de Silos’, y otra obra del siglo XIII, los ‘Miráculos romançados’, del monje Pedro Marín, donde se relatan los milagros que hizo Santo Domingo en favor de los cristianos cautivos de los musulmanes”, anota.

Hay cierta confusión por lo que se refiere a las Glosas Silenses, que se llaman así porque aparecieron en un manuscrito de finales del siglo XI, conservado desde entonces en el monasterio de Santo Domingo de Silos, hasta la exclaustración de 1835. Desde 1878 se halla en la British Library de Londres. “Este manuscrito fue escrito sobre un modelo del monasterio de San Millán de la Cogolla, que ya llevaba las glosas en sus márgenes.
  Por eso, cuando hablamos de Glosas Silenses, nos estamos refiriendo al lugar que durante siglos las ha conservado pero, científicamente hablando, es importantísimo no confundir las cosas, como a menudo se ha hecho, y tener muy en cuenta que estas glosas y las llamadas ‘Aemilianenses’ tienen su origen en el monasterio riojano”, destaca Miguel Vivancos. “Glosar un manuscrito es sustituir una palabra más difícil o culta por otra u otras más vulgares y fáciles de entender. Si en un texto encuentro la palabra ‘ábrego’, y al margen pongo ‘viento sur’ estoy glosando ese texto. Eso puede hacerse en cualquier lengua: Si en un texto latino sustituyo ‘subito’ por ‘statim’, estoy haciendo lo mismo. Pero si sustituyo ‘subito’ por ‘ahora’, entonces estoy traduciendo del latín al castellano. Y esto es precisamente lo que hacen las glosas silentes”.
San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos son dos hitos fundamentales en este emocionante camino por la lengua escrita pero hay muchos otros lugares repartidos por la Península Ibérica en los que convendría detenerse para entender un entramado que se hunde en nuestras propias entrañas, en nuestra esencia como pobladores de esta parte del planeta. “Por ejemplo, no hay que olvidar que la catedral de León conserva un importantísimo lote de documentos del siglo X con frecuentísimas formas romances, las más antiguas conocidas hasta ahora, como la Nodicia de Kesos”, precisa Vivancos.
     Cualquier experto sabe e intenta transmitir la idea de que es imposible poner puertas al campo, es decir, marcar hitos para decir con fechas concretas cómo y dónde cambiaron de verdad las cosas. Bastante suerte ha habido con poder mencionar con mayúsculas el caso de las glosas en las que se detecta la lengua romance escrita. La primera gramática castellana de Nebrija, la desaparición de la hache aspirada, el inicio de la sistematización, la creación de la Real Academia Española… Miles de pasos, unos más llamativos que otros, pero determinantes en la forma de expresarnos.
     Buena parte de esos pasos decididos se dirigen desde tiempo inmemorial a Salamanca y salen en la actualidad desde Salamanca, considerada una de las ciudades clave en el devenir de la lengua y un reducto inexpugnable por lo que a la conservación del lenguaje se refiere, no en vano es una de las capitales para aprender español más valoradas por los estudiantes extranjeros, según reflejan los datos recabados por el Observatorio Turístico charro, no sólo por el tipo de castellano que se habla sino por la oferta global de una ciudad poseedora de uno de los conjuntos históricos y artísticos más imponentes de España.
     La Concejalía de Turismo del Ayuntamiento de Salamanca hizo mucho caso del importante tirón turístico y económico que conlleva el aprendizaje de la lengua y acaba de puesto en marcha el programa ‘Salamanca, ciudad del español’ para captar el interés de los alumnos foráneos. Asimismo, la Junta de Castilla y León dedica un amplio apartado a la difusión de promoción del idioma, no sólo mediante el patrocinio del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, sino también con el trabajo desarrollado por el Comisionado para el Plan del Español para Extranjeros o a través de iniciativas como la Biblioteca Digital de Castilla y León, entre otras.

Biblioteca de la Universidad de Salamanca
Cualquier estudioso del primer castellano, “de la lengua vulgar elevada a la categoría de lengua literaria”, temblaría de emoción sólo con poder contemplar a través de una vitrina uno de los tres originales que quedan del ‘Libro de Buen Amor’, de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita.
     Y ahí está, a unos centímetros, sobre un mullido atril, donde descansa recién colocado con mimo por las manos expertas, y cubiertas por unos inmaculados guantes de algodón, de la directora de la Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca, Margarita Becedas.

 “Se trata de un códice copiado en Salamanca en el ámbito de estudiantes que reproduce una obra muy conocida ya en ese momento, a finales del XIV o principios del XV. Es el primer vestigio que tenemos aquí y de los primeros de las grandes obras de la literatura en lengua castellana”, dice. “La copia fue mandada por un colegial del colegio San Bartolomé, presumiblemente, para poderlo leer entre amigos”, agrega.
     Sobre la mesa, en el centro de la Biblioteca, yace otra obra, un libro del siglo XV escrito sobre pergamino y con oro “pero en castellano”. Es el ‘Libro de las claras e virtuosas mugeres’. “No es propiamente literario sino de tipo humanista, cuando comienza casi el Renacimiento. El castellano puede empezar a escribirse sobre pergamino y oro, algo reservado hasta entonces a los grandes libros latinos o griegos”, explica.
     La tercera joya que reluce en ese ambiente tenue es una traducción manuscrita del sigo XVI al castellano y sobre papel, aunque ya existía la imprenta, del Libro de Job. Margarita Becedas la abre con cuidado por una página presumiblemente escrita por el propio Fray Luis de León. “Es la traducción al castellano, a la lengua vulgar, que hace del libro bíblico de Job. “Es un momento en el que estaba completamente prohibido traducir a la lengua vulgar partes de la Biblia y Fray Luis de León lo hace, dedicado a Ana de Jesús, que es la sucesora de Santa Teresa al frente del Carmelo, para que las monjas conozcan el contenido del Libro de Job”, comenta. “Es uno de los que pudieron darle problemas a Fray Luis de León por traducir lo que estaba prohibido desde el Concilio de Trento”, anota.


      Margarita Becedas explica, y nunca mejor aplicado, en román paladino el contexto que nos hace volver la vista atrás para comprendernos mejor a nosotros mismos. “La lengua vulgar es la que habla el pueblo como corrupción del latín pero tarda bastante en llegar a ser escrita”, indica. “Cuando cae el Imperio Romano de Occidente deja de haber escuelas y administración y cada zona del Imperio hace lo que llamamos la corrupción de la lengua al no haber ya obligación de hablar el latín. Así surgen las lenguas romances como el francés, el portugués, el italiano, el catalán, el galaicoportugués o el castellano”, señala.
     Tras abandonar con gesto de veneración la sala dedicada al saber universal, el palpitar de Salamanca sacude de su ensimismamiento al visitante. Cientos, miles de estudiantes procedentes de los puntos más dispares del mundo acuden cada año a la capital charra para aprender la lengua de Cervantes. “Quiero llegar a ser un buen traductor de español. Me interesa mucho la cultura española, sobre todo la arquitectura, que es maravillosa”, asegura en un inglés decidido Xu Yian Yi, nacido en China hace 18 años y más conocido como ‘Raúl’ en el ambiente estudiantil salmantino. Además de los saludos de rigor, las primeras palabras españolas que aprendió en su país de origen versan sobre arquitectura y comida, según cuenta apostado frente a la estatua de Fray Luis.

     Acompañada por constantes salvas de carcajadas de sus amigas, Elena, es decir, Chin Yi Chan, viajó desde Taipei (Taiwán) a España para estudiar en Salamanca hasta el próximo mes de septiembre. Sabe decir ‘adiós’, por lo que aún le queda cierto recorrido para alcanzar el nivel de su compatriota Bárbara, Iu Hui Yu, según deletrea a trompicones. Los insultos que nadie reconoce haber aprendido en primer lugar son musitados entre risas al abrigo del Patio de Escuelas. Bárbara quiere ser traductora española aunque todavía se expresa con mucha más soltura en inglés. ¿Qué le atrae y sorprende más de nuestro país? Muy fácil: Flamenco, fútbol y el “mucho” tiempo para comer.
    Jacqueline Papa es una rubia jovencita de 20 años nacida en Brasil. Dejó atrás São Paulo para venir a un lugar “muy tranquilo”. De hecho, Salamanca se convierte bajo su óptima en un encantador pueblecito en comparación con los más de once millones de habitantes de su ciudad natal. Lleva un mes en la capital charra y se le da francamente bien el español, que quiere aplicar a sus conocimientos economía. “Quiero trabajar por el mundo. Necesitas saber muchos idiomas”, sentencia. “Lo primero que aprendió en Salamanca fue la palabra ‘traje’ y ahora sé mucho de bebidas, tapas, bares, copas, pinchos y bocadillos”, bromea.
    A sus 18 años, Michael Tenzer muestra una mirada de determinación que asusta. Proviene de Hannover (Alemania) y se expresa de tal forma que cuesta trabajo creer que haya aprendido en sólo dos meses lo que sabe ahora. Para que el interlocutor se pregunte con pesar qué ha hecho con su propia vida, Michael también habla inglés y francés. Acaba de terminar el instituto y viajará durante un tiempo antes de dedicarse a la psicología o al derecho. “Conocí España hace un año y medio viajando en tren y quise aprender español y conocer mejor la cultura”, cuenta. Un último dato: Su escritor favorito es Javier Marías.

     También procede de Alemania Jenny Sass, de 21 años. Estudió en Heidelberg. Lleva un curso en España y estará en Salamanca hasta el próximo mes de septiembre. Lo tiene todo bien planeado: Estudió geografía y español en su país. Aquí estudia geografía y filología y enseñará español y geografía en un instituto en Alemania. “Me llama mucho la atención que se coma tan tarde y que el ritmo de vida es más lento. Todo es más tarde. La gente no es puntual de ninguna manera”, dice entre risas. “En Alemania se sabe que España es un país de turismo. Las partes rurales son menos pobladas y es un problema. El espacio rural tiene que ser más atractivo para la gente”, señala.
    “No te voy a decir los tacos que sé”, espeta Lyo Kusaqube con un guiño. “Antes de venir a España sabía que los españoles eran amables y que les gusta la música, beber, comer tapas ir a los bares. A mí también y me pareció que íbamos a coincidir”, apunta. Este japonés, nacido hace 20 años, lleva cuatro meses en Salamanca y seguirá en la ciudad hasta marzo. Empezó a estudiar en Tokio y le han cundido muy bien los dos años de escritura y lectura en su país natal. Estudia en la Universidad, en el edificio de San Boal. Quiere trabajar con españoles y otros europeos para organizar conciertos acercar a los españoles al arte del manga.
    No son demasiados los australianos con los que se puede coincidir en Salamanca pero hay un nutrido grupo de ellos de edades dispares. Lástima que el gobierno de Australia haya dejado muy claro que “nada de entrevistas”, así que los comentarios de Greg Flint, de 48 años de edad y profesor de Educación Infantil y Primaria en un pueblo cercano a Brisbane, dormirán el sueño de los justos. “No podemos hacer entrevistas”, insiste la coordinadora del grupo sin más explicaciones.

     “El inglés tiene más vocabulario pero creo que el español es mucho más expresivo”, asegura Shanti Bhawuani. Esta joven de 21 años, que estudia el primer curso de Traducción e Interpretación, exhibe un cálido acento canario y una mirada que hace comprender por qué en su correo electrónico aparece la palabra ‘fear’ (miedo). “Soy hindú, nacida en Tenerife. En la India se conoce la paella, el vino y el gitaneo además del Barcelona y el Real Madrid. España sabe muy poco de la India”, lamenta. Shanti habla inglés, español y dos dialectos del hinduismo, el hindi, el idioma oficial, y el sindhi. Semejante despliegue de conocimientos contrasta con la torpeza que se encuentra en su camino con frecuencia, ya que odia los estereotipos como ‘dónde está el puntito de tu frente’. “Es como si te pregunto a ti por qué no estás bailando flamenco. A veces me hablan y me ponen el acento de los Simpsons. Son estereotipos que joden demasiado y perdón por la expresión”, denuncia.
     En la fachada sur de la Plaza Mayor, Andy Siges espera a un amigo que está haciendo unas compras. Nació hace 18 años en Atlanta (Georgia, Estados Unidos) y estudió español cuatro años en la escuela pero no aprendió demasiado. Por el momento, agradece que la conversación sea en su lengua materna. “Me gusta mucho la gente y la comida de este país”, afirma. Quiere dedicarse a las finanzas y la lengua española será una puerta más para ello, comenzando por la primera palabra que conoció: ‘Rana’, la de la Universidad, aunque él prefiere decir ‘frog’.

    El trayecto internacional termina con una referencia ubicada a media hora de Bruselas (Bélgica), en Mons, donde nació hace 21 años Christel Dyanga. Estudió en España desde los trece años. Vivió con su hermana en Vitoria después de haber vivido con sus padres en Oviedo y lleva cuatro años en Salamanca. Habla también inglés e italiano y estudia Traducción e Interpretación. “Me gustaba mucho Iker Casillas y eso es lo que me animó a acercarme al español”, reconoce. “El trabajo en este sector es más flexible. Me gustaría trabajar en la Unión Africana porque mis padres son de origen africano”, concluye.
     El camino por la lengua seguirá. Era imparable antes de las glosas, con el empuje del propio lenguaje y, después, siguió siéndolo hasta nuestros días. Y no se detiene. La forma de comunicarnos se transforma cada día y a duras penas se puede hacer el intento de establecer un puñado de directrices para saber qué terreno pisamos. Y si no, que se lo pregunten a cualquiera de los eruditos que componen las 22 academias de la lengua española que existen repartidas por el mundo.


    Barbarismos y neologismos consolidados dan paso al correo electrónico, al ‘chat’ (charla) y al mundo de las abreviaturas galopantes que presenta el servicio de mensajes cortos (Short Message Service) es decir, los SMS, que fueron modernos durante un suspiro hasta que los teléfonos móviles empezaron a hacer la compra y a casi sacar a pasear al perro.
     Lo que ahora enardece a las masas son las redes sociales y el uso de aplicaciones de telefonía móvil que permiten la comunicación remota, instantánea y de bajo coste, con el denominado ‘wassap’, españolización de la expresión inglesa ‘Wazzup?’ que, a su vez, corrompió el coloquial ‘What’s up?’ (¿Qué pasa?). “El lenguaje camina hacia una gran pobreza conceptual y expresiva, a la par que la cultura en general que, al menos en España, sufre una profunda decadencia”, afirma Miguel Vivancos. “El latín en la España del siglo X estaba enormemente corrompido; desde finales del siglo XI, gracias a la reforma gregoriana, eleva considerablemente su nivel. Hoy podría suceder lo mismo. La clave sigue estando en una buena educación, que es una asignatura pendiente en nuestra patria, pero hay que ser optimista”, concluye.
     Dicho de otro modo: El lenguaje está vivo y sigue
desarrollándose. Sin duda.
Lo atestiguan más de 500 millones de personas en todo el mundo.
Serán 600 millones hacia 2050.




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