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El regalo del pastor

El arte pastoril ayuda a explicar una parte importante de la historia del ser humano desde casi la época prehistórica hasta nuestros días

 
     Atardece en algún lugar del Campo Charro. El sol de julio ya no molesta tanto a los ojos porque ha empezado a jugar al escondite entre las ramas de las encinas que salpican la dehesa. Las ovejas disfrutan de la hierba jugosa para que el pastor pueda sentarse, apoyar la espalda en un tocón y tomarse un respiro mientras los mastines cuidan del rebaño.
     La escena se desarrolla en el entorno de Abusejo o, tal vez, en el de Cabrillas. O quizá, en ambos pueblos, porque las ovejas no entienden de lindes.


 El pastor saca de su zurrón su navaja y una cajita de asta. Tiene mucho tiempo por delante pero le quedan muchos motivos por grabar, trazo a trazo, acompañado sólo por la brisa y los balidos y totalmente ajeno a la batalla que se libra a menos de 80 kilómetros.
     La maestría del estratega Wellington, que se impondría a los mariscales de Napoleón Bonaparte, perfila a mediados del verano de 1812 un avance de lo que terminará siendo el final del imperio francés pero ello no va a desviar ni un ápice la atención del pastor. Está creando. Sabe que es un buen artista y que lo que es capaz de tallar en un cuerno de vaca le distingue de sus paisanos mucho más allá de los límites de Salamanca pero no tiene ni idea de que su obra despertará el asombro en propios y en extraños más de 200 años después. “Es de una calidad y de una belleza indescriptible.
     Lo normal en este tipo de cajitas es que estén profusamente decoradas en toda su superficie, incluso en la base, pero la riqueza de ésta no tiene parangón”, explica Carlos Piñel, director del Museo Etnográfico de Castilla y León, con sede en Zamora.

     El centro museístico cuenta con no menos de 30.000 piezas en sus fondos para ayudar a comprender quiénes somos y por qué somos pero, entre todos esos objetos que nos permiten hundir con firmeza nuestras raíces, esa cajita de asta ensamblada, tallada y policromada, dejaría sin aliento al más inclemente de los detractores del arte. “Es la pieza cumbre del Museo Etnográfico y de todo el arte pastoril de Europa”, asegura el director del centro. “Esta pieza y sus compañeras son de valor artístico y técnico incalculables. Cuando se hizo la donación de la colección Luis Cortés, se hizo la tasación correspondiente pero te aseguro que conozco museos muy importantes fuera de España que darían lo que fuera por estas piezas. De hecho, ya han intentando llevárselas pero resulta imposible decir un precio”, añade.
     La pieza, hallada en Salamanca, pasó probablemente por varias manos antes de que un anticuario la comprase en Zamayó o Valdelosa, así que su procedencia exacta se desconoce. “El pastor tenía movilidad y seguro que iba por las dehesas de Salamanca, desde la zona de Ciudad Rodrigo hasta Alba de Tormes, incluso”.

     La pequeña pero gran obra, de apenas ocho centímetros de largo en sus lados mayores y datada en los primeros años del siglo XIX, está ornamentada con elementos religiosos y simbólicos, desde Adán y Eva en el paraíso, junto al árbol en el que se enrosca la malévola serpiente. En la cara que queda oculta al visitante del Etnográfico, un Santiago matamoros, es decir, temas que el pastor más artista ha visto en la iglesia del pueblo. “Se refiere al origen de la humanidad aunque, muchas veces, se trataba, simplemente, de hacer regalos a su novia. En este caso, puede que un regalo nupcial, en el que le ofrece la pareja simbólica de Adán y Eva”, precisa Piñel. “Este tipo de cajita de cuerno de bovino, de seis u ocho centímetros, ovalada o circular, incluso cuadrada, es muy característica de la cultura pastoril”, anota.

 Regalo
Por si la propia obra de arte no fuera ya sobrecogedora y única en sí misma, viene también revestida del más especial de los halos: La pieza de arte popular, con su increíble riqueza y su carácter exclusivo, nunca llegó a venderse. “Siempre se hacía o para el propio disfrute del pastor o para regalar al amigo, al amo del ganado, al cura o, por supuesto, a la novia”, cuenta el director del Museo Etnográfico. “Y esto no lo hace cualquiera sino un grandísimo artista y seguro que era consciente de que estaba haciendo a mano una obra muy especial”, agrega.

     El arte pastoril brilla con fuerza en el Etnográfico para trasladar al visitante a los siglos XVIII y XIX gracias a cuernas de pólvora, liaras (vasos de cuerno), cerilleros de asta de cabra con tapón de corcho, agujas, morteros y cubiertos de asta, incluidos los articulados, con cuchara, tenedor y mondadientes, es decir, el antecedente de la navaja suiza en toda regla. “Es un alarde de habilidad del pastor, que puede plegarlo y meterlo en el zurrón. Ahora tenemos el tiempo muy en consideración pero el tiempo antes no se medía con el mismo rasero. A un pastor le daba igual tardar dos horas que un mes en hacer un artilugio de este tipo”, señala Carlos Piñel.
     Es difícil imaginar la figura del pastor sin cayado, zurrón, flauta o gaita, liara y cuerna para la comida pero, como lamenta Piñel, “el hilo se rompió, seguramente, por primera vez en milenios, hacia la década de 1960 o 1970”. El motivo de esa ruptura fue la aculturación, es decir, la contradicción que supone el acceso a otra cultura difernte a la heredada, a la escuela y a la propia integración social. “Se supone erroneamente que hablamos de un ser rudo, inculto, iletrado y con un conocimiento muy somero de las cosas. Desde que pueden valerse por sí mismos tiene que ayudar con el ganado pero tienen un asombroso sentido estético y una enorme sensibilidad”, expone.

Pastor
   A menos de 175 kilómetros del Campo Charro, a caballo entre la Tierra de Campos y la Campiña de Valladolid se encuentran los montes de Torozos, que saltaron hace cuatro años a la fama internacional gracias a la figura de un pastor muy especial.
     Eugenio Rodríguez se considera “pastor, pastor”, nació hace 70 años en Castromonte, “en todo el corazón de Torozos”, como él dice, y se afincó a 35 kilómetros de allí, en Robladillo, localidad en la que lleva una existencia tranquila, con el horizonte de 700 ovejas de raza assaf y castellana. “Aquí vine con una cayada, un morral y un perro pero con trabajo y esfuerzo vas consiguiendo cosas”, afirma. “Menos un año del servicio militar en el Simancas IV de Gijón, que fue la primera vez que salí de casa, y tres en la construcción, llevo toda la vida de pastor porque a los doce años ya soltaba ganado”, relata.
     Eugenio sonríe con los ojos, recibe al visitante con una extraordinaria afabilidad y regala su tiempo sin dudar un instante. Tal y como suena por la radio. Y es que este pastor del corazón de Torozos se ha hecho famoso por llamar pan al pan y vino al vino en el programa radiofónico ‘A vivir, que son dos días’, que emite los fines de semana la Cadena SER. “Lo que digo es lo que siento, majo. De momento, no me ha dado problemas decir las cosas. Estamos en una democracia y si en los años 60 no me tapaban la boca…”, señala. “Cuando hicieron 20 años de programa, llamé para felicitarles y logré hablar con ellos; con Montse, con Juan Cruz… Parece que les gustó y hemos estado en contacto hasta hoy. “Si no me coge Montse ese día el teléfono, a mí no me conoce más que la madre que me parió”, espeta.
     Puede que nunca haya sido un artista con las manos pero sí lo es con la mente, lo que explica que se haya metido en el bolsillo el sentir de toda una audiencia con sus observaciones y pensamientos, directos, meridianos y, en ocasiones, lacerantes. “No hago tallas con la navaja pero soy muy aficionado al hierro, que es como llamamos a las cencerras”, explica. “Estos los hace mi amigo Hermógenes, que tiene más de 80 años”, dice con orgullo, haciendo sonar piquetes del puño y piquetas recortadas de Aranda de Duero (Burgos). “La más pequeña es el grillo. Tengo engrasadas las correas con manteca para que no se pongan ásperas ni se cuarteen”.

     Mientras muestra el extenso registro de sonidos, desde los más agudos hasta los más graves, que casi hacen girarse para ver llegar una enorme vaca, Eugenio habla con arrobo de sus perros, Eto’o, Ligera y Lisa “la de los Simpson” y se lamenta por “la guerra” que da el lobo. “Llevo viéndolo 30 años pero este año está muy pesado. Aunque tenga la barriga llena, mata”, sentencia.
     La cabaña del ganadero es ahora el cuartel general del pastor. La mañana es soleada pero fría y, al cruzar el umbral, se nota un calor tremendo que proviene del suelo. “De la gloria, aunque en otros sitios lo llaman estufa”, dice. “No pongas la mano ahí, que te quemas”.
     Muestra una carpeta en la que conserva docenas y docenas de cartas de oyentes, admirados por el saber popular y el desparpajo del pastor más mediático de España. “Mira, muchos ponen ‘Pastor de la radio’ en vez de poner la dirección, que no la saben”, hace notar. “La gente me aprecia y me hace mucha ilusión que chavales pequeños quieran hacerse fotos conmigo”, reconoce.
     En el centro el pueblo, el sol ya se ha colocado sobre la espadaña de la iglesia de la Asunción. Eugenio tiene a fuego lento un guiso de carne y aprovecha para leer en voz alta alguna carta con gran emoción, además de poner la primera vez que salió en la radio. “Cuando me vi en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, una vez que se hizo el programa desde allí, sentí una emoción increíble. ¿Cómo iba a pensar yo que un pastor analfabeto podía estar allí?”, se pregunta.
     El arte se vale de infinitas manifestaciones para dar relumbre al artista y viceversa. Desde Robladillo, este pastor no utiliza vainas de cartuchos ni hojas de hoz estropeadas, ni ablanda el cuerno con las cenizas calientes de una hoguera, ni utiliza pigmentos vegetales para conseguir a base de bayas y raíces esos ocres, verdes y rojizos, y tampoco obtendrá ese tono amarillento calentando la punta de su navaja para pasarla suavemente sobre el asta y completar sus pequeñas obras inmortales.
     Pero Eugenio tiene talento y por eso sabe valorar el ajeno para poner en relieve la figura de su amigo Hermógenes Escudero, que cumplirá pronto 87 años y cuya habilidad para hacer badajos le ha hecho muy conocido en Velliza y en la comarca. Corta las astas de vaca, las calienta con un soplete y les va dando la forma adecuada con la ayuda de una navaja, aunque la sierra eléctrica también puede resultar útil para tal menester. “Éste es una mediana”, dice Hermógenes, haciéndolo sonar.
     Lleva en el maletero del coche por lo menos un centenar de cencerros de varios tipos, todos ellos con badajos de propia factura. “Mira, este es un piquete de puño, de los que tengo allí colgados”, dice Eugenio. “Todavía va a Aranda a por cencerras y a Villarramiel, por material”.
     La provincia de Valladolid ofrece desde su mundo rural buenos recuerdos que enlazan la propia esencia del ser humano con el arte, por pragmatismo y por necesidad. “Existió una cultura pastoril diferenciada, en su más amplio aspecto, como puede ser la de los gitanos. Es un mundo diferente, de actitudes, de costumbres y de usos muy diferente al de los labradores del mundo rural contemporáneo y lo fue durante milenios y hasta tiempos recientes”, indica el director del Museo Etnográfico de Castilla y León.

  “El arte pastoril nos dice mucho de estas personas, que hacen las piezas para su propio disfrute con un sentido estético y simbólico impresionante”, concluye.
A la postre, el objeto más humilde y más práctico se convierte, sólo con el paso del tiempo, en la más delicada y valiosa obra de arte  para ayudarnos a entender lo que somos y lo que hemos sido.


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