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Las Aceñas del Duero


Racionalidad frente a la intemperie

Vista aérea de las Aceñas de Cabañales en Zamora

      El Duero baña Zamora generando a su paso tanta belleza en la estampa que deja tras de sí, como las olas del mar en las ciudades costeras. Quizá a veces la ciudad le ha dado la espalda al río, sin embargo puede que ahora estemos aprendiendo a valorar de nuevo sus infinitas posibilidades. En la Edad Media sí marcaba el ritmo de vida de los habitantes con sus épocas de sequía o sus esporádicas y fuertes riadas.
  Desde hace diez siglos las aceñas han sido claves para esta y otras tantas ciudades y pueblos. Ahora es complicado imaginar una Zamora con cinco conjuntos de aceñas, inmensas sobre el río, resistiendo el constante paso del agua y dando un servicio esencial a los ciudadanos. Todo gracias a un ingenio que es pura racionalidad frente a la intemperie, en el que cada piedra está en su lugar y cada detalle pensado con exactitud.
Francisco Somoza (Arquitecto)
 El tiempo es cruel con los edificios y lo es más aún con los que, como las aceñas, están expuestos constantemente a la erosión del paso del agua. Pero gracias a la ilusión y el esfuerzo de algunas personas podemos aún disfrutar de su belleza.
     Un hombre que tuvo, a principios de los años 90 del pasado siglo, entre ceja y ceja recuperar unas aceñas en Zamora es el arquitecto Francisco Somoza. Junto a Pedro Lucas del Teso se marcó el reto de restaurar las aceñas de Olivares, “que estaban completamente olvidadas y deterioradas, pero que aún se podían levantar y recordarnos lo que fueron”.

     “Las aceñas son unas construcciones que se realizan en el río para aprovechar la fuerza del agua con el objetivo de transformarla en energía. Ese ingenio tenía primero una presa, la zuda, que corta el río de tal modo que está medio metro más elevado en el extremo contrario al que se coloca la aceña,  así no se corta la vida del río, porque siempre está pasando el agua de un lado a otro”, explica siempre didáctico Somoza.

Aceñas de Olivares (Zamora)
Aceñas de Tordesillas (Valladolid)





     



   
  


El río Duero está marcado por la importancia que tuvieron las aceñas en la Edad Media. Desde Geria en la provincia de Valladolid hasta Zamora pasando por Tordesillas, el Santuario de Nuestra Señora de la Peña, Toro, Granja Florencia o Villaralbo. “Las aceñas fueron muy importantes en la vida de ciudades como Zamora”.
    Tenemos muchos documentos que hablan de las destrucciones y sucesivas reconstrucciones, porque su posición constante en el agua es muy positiva para el rendimiento que se le sacaba, pero también muy negativo por el coste de mantenimiento que tenían. “Si no funcionaba la aceña no había pan, era así de claro, por eso se destinaban tantos esfuerzos y cuidados constantes para que la construcción estuviese bien”, comenta el arquitecto que señala la importancia de las aceñas de Olivares sobre el resto.

    
    En un primer momento las aceñas eran propiedad de los molineros, “se regían por los gremios hasta el siglo XVII, cuando pasan a ser propiedad de la Iglesia, pero el problema para las aceñas fue que en el siglo XIX aparece la industria, se inventa la luz y todo cambia. 
Todo lo que hasta entonces se generaba mediante estos ingenios artesanales, se van a modificar o desaparecer”.
  Las aceñas siguieron funcionando hasta casi empezado el siglo XX, pero a partir de ahí la energía eléctrica demostró ser capaz de mover motores muchísimo más potentes y desbancó por completo su uso. “Lo que ocurre en este momento es que estos maravillosos edificios en los que están depositadas miles de historias de la vida de la ciudad, un auténtico libro abierto, toda esa maraña sociológica se va a perder”, explica con resignación de lo que ocurrió hace unos cien años Somoza.
     Hasta tal punto reflejaban lo que ocurrían las aceñas, que en una de las piedras de las de Olivares, en Zamora, hay tallado un cordero pascual, “porque hasta ahí llegaba en las crecidas el agua del Duero, y la gente decía que el río subía a dar de beber al cordero”, recuerda el arquitecto.

     Pero las aceñas están aún hoy en condiciones de protagonizar historias porque su construcción era tan buena para defenderse de las acometidas del río, que permite que se mantengan en algunos casos de manera bastante digna casi un siglo después. “A finales del siglo XX se empieza a tener consciencia de que estos libros forman parte de nuestra historia. Se toma conciencia de que no podemos afrontar el futuro sin tener presente nuestro pasado. Además del valor que pueda tener para el turismo por ejemplo. Estaban destrozadas pero estaban”, agrega Francisco Somoza al punto de partida de la restauración de las aceñas de Olivares.

La Alcaldesa, Rosa Valdeón y Somoza  visirtan las Aceñas
     Este arquitecto fue capaz de convencer a los políticos locales de la necesidad de recuperar esos fantásticos edificios y se enfrascó en un arduo trabajo.
    “Primero había que dibujar todo lo que había y estudiar mucho cómo habían sido esos edificios. 

Después, con toda la información, se proyectó la reconstrucción. Es un proyecto que se fundamenta de forma estricta en lo que había. Por ejemplo, había que tener en cuenta la estereotomía de la piedra, el volumen y la forma específica que tenían muchas de ellas, porque había algunas que sólo servían para un lugar muy determinado, no se podían poner en otro lado porque no encajaban. Eso nos hizo reconstruir un puzzle fantástico y muy difícil. Todo entre la oficina y la obra”.
     En un primer momento fue muy importante el trabajo de los alumnos de la escuela taller de rehabilitación. Pero era un trabajo para empresa especializada y la última fase ya se hizo con una empresa privada. De la desconfianza al proyecto en 1990 se pasó a apreciar el trabajo bien hecho cuando acabaron las obras en el 2008. Desde entonces las aceñas de Olivares de Zamora albergan el Centro de Interpretación de las Industrias Tradicionales del Agua.
 Río arriba encontramos a otro de los hombres que se ha encargado de que el legado de las aceñas se mantenga vigente. Esta vez desde la empresa privada.  Javier Domínguez, propietario junto a su mujer de las aceñas de Pinilla en Zamora, en las que ha puesto en marcha uno de los restaurantes más exitosos de la ciudad.

     Con la intención constante de mejorar a base de saltos hacia adelante, Javier le da vueltas ahora a una ampliación. “Queremos ampliar el restaurante, poner un salón más grande para dar banquetes”, señala al tiempo que se ilusiona añadiendo que sus proyectos no terminan en la hostelería, que también están pensando en acondicionar la aceña intermedia, la otra junto al restaurante que queda en pie, para una pequeña casa rural. “Sería un sitio privilegiado para poder pasar un fin de semana, con el sonido del río junto a ti y unas vistas privilegiadas”.

Aceñas de Pinilla (Zamora)
Hace diez años vendió su restaurante en un pueblo del alfoz de Bilbao y se vino a Zamora “por una mujer, por amor”, ese motor que mueve el mundo más que la energía eléctrica, la solar o la hidráulica.

     Precisamente aprovechar las aceñas para la energía eléctrica es la asignatura pendiente de este emprendedor. “Lo hemos intentado pero falta salto de agua por la zuda que construyeron más abajo para las siguientes aceñas” comenta añadiendo que ni para esa iniciativa ni para el resto de la restauración ha recibido ningún apoyo de financiación pública. Javier procede de la hostelería pero ya casi parece un ingeniero, con todo lo que he tenido que leer, casi estudiar, para poder seguir para adelante con esto. “Hay que tener mucho cuidado con lo que se hace y lo que se toca, hay que tener en cuenta que es Patrimonio, que son edificios catalogados”.

Javier Domínguez, propietario del restaurante "Las Aceñas"
 Las aceñas de Pinilla de Zamora datan del siglo XII, “al menos de ahí son las primeras referencias, yo lo compré hace diez años a la familia de un antiguo molinero, porque aquí se estuvo moliendo harina durante todo el siglo XX hasta 1975, que se pasaron a la molienda eléctrica, pero todo era privado”.
     Comiendo en el Restaurante Las Aceñas es imposible no quedarse embobado entre plato y plato observando el curso del agua desde la ventana.

Puente de Hierro sobre el Duero
  El mimo con el que está restaurado y cuidado este lugar hace inevitable imaginar la inversión que ha sido necesaria. Javier se marea casi de pensarlo, “lo peor es el mantenimiento, el goteo y el gasto constante. Arreglar un tejado para evitar que el resto del edificio se deteriore”, así pequeños arreglos se solapan con las grandes inversiones para dejar atrás el millón de euros en la aventura.    Pero estas aceñas no están marcadas sólo por  Patrimonio y la Confederación Hidrográfica del Duero. “Es que aquí interviene hasta Adif”, detalla sonriente Javier, todo porque junto a la aceña se muestra imponente el antiguo puente del tren que construyeron los discípulos de Eiffel. “Zamora tiene desaprovechado algo por lo que suspiran todas las ciudades, el tren subterráneo”. El puente une ambas orillas del Duero, seguido de un túnel que acaba en la otra punta de la ciudad.
     Al nivel del río, junto a la base de lo que fue el tercero de los edificios de las aceñas de Pinilla, Javier ha montado una pequeña terraza. Disfrutar allí, con buena compañía de las vistas, el lugar, la avifauna del río y la charla, da sentido al tópico del marco incomparable.

Aceñas de Gijón en Zamora



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